Que vuelvan los vikingos

Cuando el fútbol también es memoria de las civilizaciones.

Por Marco Antonio Cortez Navarrete.

Dicen que el fútbol no debería mezclarse con la historia. Que noventa minutos no pueden compararse con los siglos. Tal vez tengan razón.

Y, sin embargo, cada Mundial demuestra exactamente lo contrario.

Las selecciones no llegan solas a la cancha. Detrás de cada uniforme caminan generaciones enteras. Hay pueblos que sobrevivieron invasiones, imperios que desaparecieron, lenguas que resistieron al olvido y culturas que aprendieron a levantarse después de cada derrota.

Por eso, cuando México cayó frente a Inglaterra, no solamente perdió un equipo. Se extinguió, una vez más, la ilusión de millones de personas que durante unas semanas imaginaron que el mundo podía ser distinto.

No culpo a Inglaterra.

Sería absurdo hacerlo. Ganó porque fue mejor. Así funciona el deporte. Los ingleses tienen una historia futbolística inmensa y un campeonato del mundo conquistado en 1966, en Wembley, su templo y su orgullo.

Pero el corazón nunca obedece a la lógica.

El corazón busca otra bandera donde seguir creyendo.

Muchos pensarán que, por compartir idioma o geografía, debería apoyar a Colombia o a Argentina. A Colombia le tengo un profundo respeto y, si el destino la lleva lejos, celebraré su valentía.

Sin embargo, mi esperanza ha decidido navegar hacia otro lugar.

Hacia el norte.

Hacia la tierra donde el invierno enseñó a los hombres que sobrevivir también podía convertirse en una forma de grandeza.

Noruega.

No porque sea la favorita.

No porque deba ganar.

Sino porque representa algo que el fútbol moderno a veces olvida: que la historia también juega.

Los antiguos vikingos entendieron que ningún océano era demasiado grande cuando existía el valor suficiente para cruzarlo. Sus embarcaciones no sólo conquistaban territorios; desafiaban los límites de lo posible. Eran hombres nacidos entre la roca, el hielo y el mar. Aprendieron que la vida no concede nada a quien teme avanzar.

Quisiera que esa memoria antigua descendiera nuevamente sobre un estadio.

Que Erling Haaland dejara de ser únicamente uno de los mejores delanteros del planeta para convertirse, por una tarde, en el heredero simbólico de Ragnar Lothbrok. No con un hacha entre las manos, sino con un balón en los pies. No para sembrar guerra, sino para recordarnos que incluso los gigantes pueden caer.

Y que Martin Ødegaard conduzca a su pueblo con la serenidad de quien entiende que el liderazgo nunca necesita gritar.

Si Inglaterra fue quien terminó con el sueño mexicano, deseo que Noruega sea quien escriba el siguiente capítulo de esta historia.

No por venganza.

Las venganzas nunca reconstruyen lo perdido.

Lo deseo porque el fútbol también necesita epopeyas inesperadas. Necesita recordar que ningún pasado glorioso garantiza el futuro y que toda potencia, por grande que sea, encontrará algún día a quien la desafíe.

Y si el destino no alcanza para los noruegos, mi corazón encontrará refugio en otro pueblo que ha convertido la resistencia en una forma de existir.

Los indomables marroquíes.

Porque Marruecos juega con la dignidad de quienes conocen el peso de la historia y aun así siguen caminando hacia adelante. Porque cada victoria suya parece decir que la identidad no se negocia, que la perseverancia también puede derrotar a los presupuestos y que el espíritu de un pueblo jamás cabe en las estadísticas.

Quizá por eso hoy descubro que no estoy apoyando únicamente equipos de fútbol.

Estoy apoyando símbolos.

Civilizaciones.

Pueblos que, desde distintos rincones del mundo, nos recuerdan que la grandeza no siempre pertenece al más poderoso, sino al que nunca deja de levantarse.

El Mundial terminará.

Como terminan todas las cosas.

Las copas volverán a las vitrinas, los estadios quedarán en silencio y los campeones ocuparán unas cuantas páginas más en los libros.

Pero las historias que realmente permanecen son otras.

Son aquellas que nos enseñan que siempre existe una nueva travesía después del naufragio.

Que siempre aparece otro horizonte después de la derrota.

Y que, mientras exista un pueblo dispuesto a desafiar a los gigantes, los viejos dioses seguirán respirando entre nosotros.

Hoy esos dioses hablan noruego.

Y, si el destino decide otro camino, también hablarán árabe desde las montañas del Atlas.

Porque hay victorias que pertenecen a un marcador.

Y hay otras que pertenecen, para siempre, a la memoria de la humanidad.

¡Que así sea!

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