El cerrojo se rompió en la cara de Inglaterra

Crónica de Marco Antonio Cortez Navarrete.

Hay derrotas que nacen del talento del rival y otras que se fabrican desde el banquillo. La de Inglaterra frente a Argentina pertenece a la segunda categoría. Tiene nombre y apellido: Thomas Tuchel.

El estratega alemán cayó en la tentación que tantas veces ha seducido a los técnicos cuando la ventaja es mínima: defender un 1-0 como si el reloj pudiera jugar de su lado. Pero el fútbol no perdona el miedo. Al minuto 70, Tuchel ordenó bajar la cortina, renunció al ataque y entregó la iniciativa a una selección argentina que jamás deja de creer mientras quede un segundo en el cronómetro.

Los italianos bautizaron esa filosofía con un nombre célebre: catenaccio, el cerrojo. Una apuesta que puede conducir a la gloria cuando se ejecuta con precisión, pero que también puede convertirse en una trampa mortal cuando enfrente aparece un rival con orgullo, talento y determinación.

Y Argentina tiene justamente eso.

Con Jude Bellingham, Harry Kane y Anthony Gordon sobre el terreno de juego, Inglaterra tenía argumentos para seguir golpeando y buscar el segundo tanto. Sin embargo, Tuchel prefirió proteger la renta. Fue una decisión conservadora que terminó por encerrar a su propio equipo en los últimos metros del campo, invitando a la albiceleste a lanzarse con todo sobre la portería inglesa.

Los campeones del mundo olieron sangre.

El balón comenzó a ser argentino. La presión aumentó. Los espacios desaparecieron para Inglaterra y el partido cambió completamente de dueño. Entonces apareció uno de esos futbolistas que entienden perfectamente cuándo una batalla necesita un nuevo comandante.

Lautaro Martínez.

Ingresó desde el banquillo para dinamitar el esquema inglés. Su movilidad, agresividad y capacidad para atacar los espacios terminaron por desordenar una defensa que hasta entonces resistía como podía. El empate fue consecuencia de un dominio absoluto y el segundo gol, simplemente, el castigo a una estrategia que confundió prudencia con resignación.

Los grandes entrenadores suelen repetir que el peor error es jugar para no perder. Inglaterra lo comprobó de la manera más dolorosa. Cuando un equipo deja de atacar, comienza a defender demasiado cerca de su portería; cuando renuncia al balón, entrega también la iniciativa y, muchas veces, el partido.

Argentina volvió a demostrar por qué nunca puede darse por vencida. Su fútbol tiene talento, pero también posee una virtud que no se enseña en las pizarras: carácter. Ese espíritu competitivo que convierte una desventaja en combustible y que hace de cada pelota dividida una cuestión de honor.

El marcador final, 2-1 para la albiceleste, fue mucho más que una remontada. Fue una lección táctica. Mientras Inglaterra echó el cerrojo, Argentina encontró la llave.

En el fútbol de élite, defender una ventaja mínima durante veinte minutos puede ser una invitación al desastre. Thomas Tuchel apostó por el miedo. Lionel Scaloni apostó por el coraje. El resultado terminó escribiéndose donde casi siempre se escriben las grandes historias: sobre el césped.

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