El acarreo: una vieja fotografía de la política mexicana

Por Marco Antonio Cortez Navarrete

A lo largo de mi existencia he sido testigo de una práctica que, aunque muchos prefieran no reconocer, forma parte de la historia política de México: el acarreo de personas a mítines, informes y actos oficiales. Lo he visto en gobiernos municipales, estatales y federales, y bajo distintos colores partidistas. Campesinos, burócratas, organizaciones sociales y ciudadanos de distintas condiciones son convocados para llenar plazas, calles, auditorios o estadios y ofrecer al gobernante una fotografía que, muchas veces, pretende demostrar una popularidad que no necesariamente existe.

¿Por qué ocurre? Porque en política la imagen también cuenta. Una plaza llena puede convertirse en la fotografía perfecta para un informe; miles de personas reunidas pueden presentarse como respaldo popular. Y así, desde hace muchos años, se ha recurrido a incentivos que todos conocemos: una pequeña remuneración, el transporte, una torta y un refresco o, en algunos casos, alguna prenda de vestir con el nombre, el rostro o los colores del político en turno. La necesidad de unos termina convirtiéndose en la escenografía política de otros.

No pretendo juzgar a quienes acuden. Muchas veces detrás de esas personas hay necesidad, compromiso laboral, lealtades políticas o simplemente la oportunidad de obtener algo que, por pequeño que parezca, ayuda a la economía familiar. El verdadero cuestionamiento debería dirigirse hacia quienes convierten esa necesidad en una herramienta para fabricar respaldos. Porque una cosa es convocar ciudadanos y otra muy distinta es llenar un espacio para hacer creer que todos los que están ahí llegaron voluntariamente a respaldar una causa o a un gobernante.

Después de tantos años de observar la política mexicana, creo que el acarreo es mucho más que una vieja costumbre: es el reflejo de una relación que todavía no hemos logrado superar entre poder y necesidad. Mientras haya personas dispuestas a cambiar unas horas de su tiempo por una torta, un refresco, una camiseta o unos cuantos pesos, y mientras existan políticos que necesiten esas multitudes para sentirse legitimados, la escena seguirá repitiéndose. El día que un político pueda llenar una plaza porque la gente quiere escucharlo y no porque alguien la llevó, entonces podremos hablar de una verdadera convocatoria ciudadana.

Compártelo:
Podría Intersarte