Por Marco Antonio Cortez Navarrete.
Hay actos que, por sencillos que parezcan, dicen mucho de una institución y de quienes la conducen. Reconocer a quienes han dedicado 25 ó 30 años de su vida al servicio de los estudiantes, de la academia y de la propia Universidad es, sin duda, uno de ellos.
La actual administración de la Universidad Autónoma de Yucatán UADY ha tenido el acierto de entregar estímulos y reconocimientos a trabajadores que han cumplido décadas de servicio en los distintos niveles educativos: medio superior, superior y posgrado. Administrativos, manuales, académicos e investigadores. Todos forman parte de una misma historia y, de una u otra manera, han contribuido a construir la institución que hoy conocemos.
Me parece un acto profundamente humanista. Porque detrás de cada expediente laboral hay una persona, una familia, sacrificios, preocupaciones, alegrías, problemas y también muchas horas que nadie recupera. Cumplir 25 ó 30 años en una institución no significa solamente acumular antigüedad: significa haber entregado una parte importante de la propia vida.
Lo digo también desde mi experiencia. Cuando cumplí lo que entonces debieron ser 25 años de servicio —aunque para mí fueron 28, porque durante dos años trabajé en mi primera etapa en Radio Universidad sin recibir remuneración—, ni siquiera sabía que había llegado a ese momento. Yo ingresé en marzo de 1979 y simplemente seguí trabajando, como lo hice hasta mi último día en la #UADY.
Recuerdo que mi entonces jefe me llamó a su oficina por un asunto de trabajo. Hablamos y, cuando ya me disponía a salir, me dijo: “¡Marco!… por cierto, tengo algo para ti, se me estaba olvidando”. Abrió un cajón de su escritorio y sacó una hoja tamaño carta, en papel bond. Era el documento que acreditaba que había cumplido 25 años de servicio.
Eso fue todo.
No hubo felicitación, un apretón de manos ni una palabra que hiciera sentir que aquellos años habían significado algo. Recibí el documento y continué trabajando. No lo digo como reproche personal, sino como una experiencia que me hizo comprender, con el paso del tiempo, que reconocer a alguien no consiste únicamente en entregarle un papel.
Por eso celebro que hoy existan estos actos. Porque una institución también se construye con sensibilidad. Reconocer a quien ha dedicado décadas de su vida no la hace menos fuerte ni menos institucional; por el contrario, la hace más humana.
Quizá esa sea la verdadera dimensión de estos reconocimientos: no se trata de premiar los años que han pasado, sino de reconocer la vida que se ha entregado durante esos años. Una institución verdaderamente humanista no mira a sus trabajadores como números de expediente, plazas o antigüedades; los mira como personas que han dejado una parte de su existencia en sus aulas, oficinas, talleres, laboratorios y pasillos.
Por eso, un diploma puede guardarse en un cajón y, con el tiempo, hasta olvidarse. Pero una palabra sincera de reconocimiento puede permanecer toda la vida. Porque cuando alguien dedica 25 ó 30 años a una institución, no está entregando solamente trabajo: está entregando tiempo que jamás podrá recuperar. Y el tiempo, conviene recordarlo, es quizá lo único que el ser humano realmente posee y que nunca puede volver a comprar.
Por eso celebro estos actos. Porque reconocer a quien ha servido durante décadas no es un favor, ni una concesión, ni un simple protocolo administrativo. Es un acto de justicia, de gratitud y, sobre todo, de humanidad.
Y quizá valga la pena preguntarnos, como sociedad y como instituciones: ¿cuántas veces hemos tenido la oportunidad de decirle “gracias” a alguien y dejamos que se nos olvidara? A veces, una sola palabra dicha a tiempo puede tener más valor que cualquier reconocimiento entregado demasiado tarde.
Porque los años de servicio se cuentan en calendarios; pero la verdadera entrega de una persona se mide en la huella que deja en los demás.
Gracias por su lectura y comprensión.

