Artículo de Opinión de Marco Antonio Cortez Navarrete.
Cada 15 de septiembre, México vuelve la mirada hacia su historia para recordar que la independencia no fue un regalo, sino una conquista. Desde el balcón de Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum Pardo encabezará por segunda ocasión el Grito de Independencia y ondeará el lábaro patrio ante una multitud que, más allá de sus preferencias políticas, reconoce en ese momento uno de los símbolos más poderosos de nuestra identidad. Este año, sin embargo, la ceremonia tendrá un ingrediente adicional: llegará en medio de circunstancias económicas y políticas particularmente complejas.
Las palabras “libertad”, “soberanía” e “independencia” han ocupado un lugar recurrente en el discurso presidencial, particularmente frente a las presiones y declaraciones provenientes de Estados Unidos. La relación con el gobierno de Donald Trump ha estado marcada por momentos de tensión y por un intercambio de mensajes en el que cada parte defiende su propia versión de los hechos. En ese escenario, el nacionalismo puede convertirse en un escudo político; una especie de escudo del Capitán América frente a los misiles verbales que llegan desde Washington.
Pero la pregunta de fondo es otra: ¿puede el patriotismo ayudar a Claudia Sheinbaum a recuperar el terreno que eventualmente haya perdido en el terreno político? La respuesta no es sencilla. El sentimiento nacionalista tiene una enorme capacidad para unir a los mexicanos cuando perciben que el país está siendo cuestionado desde el exterior. El problema aparece cuando ese sentimiento pretende sustituir las respuestas que la ciudadanía espera sobre economía, seguridad, empleo, salud, educación o bienestar.
El Grito, por eso, tendrá este año una lectura inevitablemente política. No porque la ceremonia deba dejar de ser una celebración nacional, sino porque quien ocupa el balcón presidencial representa al gobierno y sus palabras serán escuchadas dentro y fuera de México. Y en tiempos de incertidumbre, decir “¡Viva México!” puede generar orgullo, emoción y cohesión; pero también obliga a preguntarnos qué tan fuerte está realmente ese México que se invoca.
El patriotismo, bien entendido, no consiste únicamente en ondear una bandera, cantar un himno o gritar tres veces “¡Viva México!”. También significa defender las instituciones, respetar las diferencias, exigir justicia, combatir la corrupción, generar oportunidades y garantizar que la soberanía de la que tanto se habla se traduzca en mejores condiciones de vida para los mexicanos. La patria no solamente se celebra: también se construye todos los días.
Por eso, quizá este 15 de septiembre Claudia Sheinbaum tenga una oportunidad que va más allá del protocolo. Puede utilizar el balcón presidencial para recuperar terreno político, sí, pero sobre todo para recordarnos que México no pertenece a un gobierno, a un partido ni a una ideología. México pertenece a sus ciudadanos. Y en momentos en que las presiones externas aumentan y las diferencias internas se profundizan, tal vez el verdadero desafío no sea solamente lograr que millones griten “¡Viva México!”, sino conseguir que, al día siguiente, esos mismos mexicanos tengan razones suficientes para sentirse orgullosos de su país.
Gracias por su lectura.

