Lo que Álvaro se llevó…
Círculo Rojo


Lo que anticipamos en este sitio web, aunque sin precisar tiempo exacto aconteció finalmente, el Santuario del Divino Niño ubicado al oriente de la ciudad capital está sufriendo cambios ante lo que dijimos serían los últimos días del párroco Álvaro Carrillo Lugo al frente del mismo.

Es curioso que durante todo el tiempo que este polémico pastor dirigió la parroquia nunca la Arquidiócesis de Yucatán nunca fue de presumir el término “santuario”, de la que en realidad se denomina Parroquia de Cristo Rey.

Tal vez nunca estuvieron conformes con ese ambiente de fiesta y música disco que se experimentaba a la hora del culto en el lugar al grado tal de que en son de broma algunos llamaran a esa iglesia “Disco Rey”.

El templo experimenta cambios desde que Monseñor Álvaro Rodríguez Vega decidiera poner fin al reino de Carrillo Lugo y surgen las incógnitas e incluso enojos.

Dudas sobre si aquella intensión de que el edificio mantenga ese estatus de Santuario que su antecesor le diera. Eso lo dirá el tiempo. Y los enojos ¿cuáles?, pues ni mas ni menos que para variar, al padrecito Carrillo Lugo se le ocurrió decir, ¡pues si yo lo trabajé, es mío¡, y ante el asombro de incluso varios de sus incondicionales cargó con todo lo que pudo a su nueva parroquia en Juan Pablo II.

¿Lo positivo?, sí hay. A pesar de ese desagradable sabor de boca que dejó lo arriba descrito, el templo vuelve a tener una vida particularmente activa. Incluso aquellos que habían preferido acudir a otra parroquia regresan ante un rostro al parecer de solemnidad y respeto.

De lo que el padre Álvaro se llevó, bueno, la feligresía, el catolicismo en Yucatán en sí se caracteriza por ser muy noble. Pasarán los años y la gente olvidará. Perdonará y podrá ver con mayor claridad.

Le restan al Padre Moo Garrido, la Padre José David González Vadillo y al diácono permanente Asterio Casanova Pérez recomponer mucho de lo que ahí queda, que pese a lo que haya sido, muestra dejos no solo de cicatrización, sino de recomposición y regreso de la feligresía extraviada, o hasta desilusionada. Ahora sí la preocupación parece salvar almas.

Por: Iván Duarte
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